sábado, 27 de julio de 2013

Bárcenas: «Rajoy me dijo que seguiría cobrando mi sueldo sine die»

larazon.es.  Madrid.
El ex tesorero del PP Luis Bárcenas afirmó al juez que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, le prometió cuando dejó su cargo como tesorero en 2009 que iba a mantener un despacho en el PP, su secretaria, un coche con conductor y que seguiría cobrando su sueldo "sine die".
"El acuerdo con el presidente, en presencia de Javier Arenas en su despacho, es que yo dejo el despacho que tengo, que me bajo a un despacho en la tercera planta, que sigo teniendo la misma secretaria que tenía, que mantengo el coche con el conductor y que sigo cobrando mi sueldo 'sine die'", afirma en su declaración ante el juez Pablo Ruz el pasado 15 de julio, cuya transcripción literal ha sido notificada a las partes.
A preguntas del abogado de Izquierda Unida, acusación popular en en el caso Bárcenas, el ex tesorero habla además de los mensajes de texto con Mariano Rajoy publicados por El Mundo, e indica que no los ha visto en el periódico: "Yo es que la prensa no la leo en estos momentos", dice, y añade que "no se encuentra en el lugar donde me encuentro", en referencia a la prisión de Soto del Real.
El ex tesorero niega haber llegado a algún acuerdo con el partido relacionado con la instrucción de Gürtel después de que el PP le despidiera a principios de este año.
Reconoce en cambio que se reunió en marzo de 2010 con Rajoy y Arenas en compañía de su mujer, Rosalía Iglesias, y que en ese encuentro solo pidió a Rajoy que la secretaria del PP, María Dolores de Cospedal, "dejara de intoxicar en la prensa" contra él.
"¿Y le ofreció el señor Rajoy algún tipo de ayuda sin que usted se la pidiera?", preguntó el letrado, a lo que respondió: "No me ofreció ninguna ayuda ¿Qué ayuda me podía ofrecer el señor Rajoy, que no era presidente del Gobierno siquiera en aquel momento? Darme cariño, que me lo dio, y poco más", afirma.
En otro momento de la declaración, que duró unas cinco horas, también habla sobre esta reunión en la sede de Génova y sus problemas con Cospedal. Dice que lo que le traslada "fundamentalmente" a Rajoy es su "indignación por el acoso" al que le sometía mediáticamente la secretaria general.
"Y en un momento, digamos, de acaloramiento, le digo la realidad, le digo: 'Mariano, o paras a María Dolores (...) o te quedas sin secretaría general y sin candidata en Castilla-La Mancha'. Eso es real", dice.

Carta a los abuelos de Jesús: Ana y Joaquín

Celebramos ayer a San Joaquín y Santa Ana, abuelos de Jesús. ¡Gracias por haber sido tan dulces y ejemplares padres de María! 


Mis muy queridos Joaquín y Ana:

Mi nombre es... bueno, no importa... les escribo desde un banco de la parroquia en una inexplicable tarde cálida de julio.
Me avisó una amiga que el día 26 es su fiesta y, por ello, quise regalarles esta sencilla carta.
No encuentro palabras para decirles "gracias". Gracias por haber sido tan dulces y ejemplares padres de mi amada María.

Usted, señora Ana, que habrá compartido con ella tantas tardes luego de intensas jornadas, ha sido una sencilla pero sabia maestra. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que se unieron a las de Ella en un mar de harina, para enseñarle a amasar el pan. Fueron sus manos (¿Las de quién, sino?) las que apretaron fuerte las de Ella cuando el dolor, implacable, les invadía el alma.

Fue su ejemplo (¿el de quién, sino?) el que ayudó a María a caminar los senderos de la contemplación simple, sencilla, la que está al alcance de cualquier mujer. Fue este santo ejercicio el que permitió a la Madre, años después, meditar en su corazón los misterios de la Salvación.
Fue usted, buena señora, la que son su ejemplo más que con sus palabras, le enseñó a María que ser mamá es la tarea más hermosa del mundo. Así, Ella, la veía a usted cuidar y ayudar a amigas y parientas cuando los embarazos venían difíciles en los caminos del alma. Y seguro en su casa los pequeñines siempre hallaron una rica sorpresa, increíblemente siempre lista, para sus sorpresivas y revoltosas incursiones.
Ustedes llevaron a la "llena de gracia" por las escalinatas del Templo tantas veces... Así, Ella fue conociendo que hace muchos años, un profeta llamado Isaías anunciaba que "...La Virgen está embarazada y da a luz un hijo..." y la profecía le inundaba el alma... 



Usted, mi buen Joaquín, fue un hombre honesto y sencillo. ¿Quién, sino, habría sido digno de traer a este mundo a la "llena de gracia"?. María le habrá contemplado, seguramente, tantos días al partir de la casa para "ganar el pan con el sudor de su frente". Y le habrá esperado de regreso y habrá corrido hacia usted con las mejillas sonrosadas y los ojos llenos de palomas blancas para abrazarle al regreso de la larga jornada. Y usted, la tomó en sus brazos y la alzó al cielo... tan ligera como una gacela, tan pura como una mañana.
"- "Quisiera que el padre de mi hijo se te pareciera" le dijo un día Ella." Y usted casi no veía su rostro pues las lágrimas delataban que la niña le había besado el corazón.
- "Quisiera que mi hijo, un día, estuviese tan feliz de mí como yo lo estoy de ti, querida madre..." y sus palabras le hicieron sentir, Ana, que la vida es hermosa y los sacrificios y angustias de muchos años al criar los hijos, pueden desaparecer en un instante con frases como esa. 
No quisiera terminar esta sencilla carta sin imaginar, por un momento, cuanto de ustedes llego al corazón de Jesús a través de María: Usted, mi buena Ana, seguro le alcanzó, desde más allá del tiempo, esa ternura por las pequeñas cosas de cada día, la cual, al llegarle desde el corazón de María, se transformaría luego en parábola, en camino.

Usted, don Joaquín, le dejó al mejor de los nietos la mejor de las herencias: El amor al trabajo. Así, a través de María y envuelto en las palabras y ejemplo del buen José, hallaría en Jesús el mejor de los depositarios.
Abuelos, abuelos, cuantas veces Jesús habrá dicho estas palabras. "Extrañas a los abuelos ¿Verdad, Madre querida?". "A veces, Hijo, a veces... Cuando tu te vas a predicar lejos y yo te extraño, muchas veces siento que hubiera querido tener a mis padres cerca"... Y Jesús habrá mirado a María en silencio, sabiendo que había verdades que Ella comprendería más tarde, con la llegada del Espíritu Santo...
Para terminar les pido un favor. Abracen a todos los abuelos del mundo, en especial a los que se sienten solos. No importa si tienen nietos o no, pues hay una edad del alma en que la palabra "abuelo" se torna en caricia...
Un gran abrazo a los dos...


__________________


NOTA

Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a la imaginación de la autora, sin intervención sobrenatural alguna.


Autor: Susana Ratero.

viernes, 26 de julio de 2013

ESPAÑA ESTA DE LUTO.


Este Blog, quiere unirse al dolor y a las oraciones  de todos los familiares y amigos de la victimas del terrible accidente ferroviario ocurrido en las cercanías de Santiago de Compostela.
A todos esos familiares y amigos quiero desde estas líneas expresar mis más sentidas  condolencias, encomendare a todos para que Dios y la Santa Virgen les den Fe y fuerza para soportar tan terrible golpe. Para las Victimas que Dios le conceda el descanso eterno.

Manuel Murillo Garcia

Santiago el Mayor, al amor por el dolor

En la figura del Apóstol Santiago, el amor verdadero se curte en el dolor y en la cruz. 


Santiago, hijo de Zebedeo y Salomé (Mc 15,40), hermano del Apóstol Juan, fue uno de los tres discípulos más cercanos a Jesús: testigo de la curación de la suegra de Pedro (Mc 1,29-31), de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37-43), de la transfiguración de Cristo (Mc 9,2-8) y de la agonía de Getsemaní (Mt 26,37).

La vocación de Santiago está relatada de forma precisa: "Caminando adelante vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y a su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando las redes, y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron" (Mt 4, 21-22). Era de temperamento fuerte, pues enfadado por el rechazo de los pueblos samaritanos a Cristo, le proponen hacer bajar fuego del cielo (Lc 9,54-56). Cristo, ante la petición materna por sus hijos, le anuncia el martirio (Mt 20,21-28).

Vamos a contemplar en la figura del Apóstol Santiago cómo el amor verdadero se curte en el dolor y el la cruz. Sin duda, la cruz de Cristo es para nosotros el signo más evidente y claro del amor loco de Dios al hombre.

Amor y dolor constituyen dos términos de una misma realidad. Más aún, no puede existir el uno sin el otro. Un amor que no comportara sufrimiento, renuncia, sacrificio ya de entrada sería sospechoso. Un dolor que no se viviera con amor sería asimismo estéril e inútil. Justamente o el amor abre la puerta al dolor para demostrarse auténtico y el dolor se funde en el amor para vivirse en paz, o todo suena a patraña y a mentira. De hecho, cuando levantamos los ojos a la Cruz de Cristo, es cierto que vemos a un crucificado, pero sobre todo vemos en la Cruz el amor loco de Dios por nosotros. A través del dolor de Cristo comprendemos ese amor personal e infinito que nos tiene. Si en la cruz no hubiera amor, sería simplemente una estupidez. Por eso, como dice S. Pablo, la cruz es Aescándalo para los judíos , necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios@ (1 Cor 1, 23-24).


Al hombre de hoy de siempre la Cruz se le presenta como una realidad que inspira temor y rechazo. La sociedad siempre nos está prometiendo una vida fácil, cómoda, agradable, en la medida de lo posible ajena al sacrificio, al esfuerzo, al dolor. Por eso nos resulta tan difícil escoger el camino de Dios, y tan fácil seguir el derrotero del mundo. Sin embargo, la realidad es que nadie puede escapar a la presencia de la cruz y del dolor. Hay mucho tipo de cruces: cruces de todos los tamaños y de todos los colores, cruces más sangrantes y más profundas, cruces más llamativas y más calladas. El destino del hombre sobre la tierra pasa por la cruz en su camino hacia Dios. Si es inútil el querer escapar de su presencia; es todavía más bochornoso el vivir la cruz sin esperanza, sin amor, porque entonces la cruz amarga la vida y produce rebeldía.

El amor se convierte, por ello, en la única respuesta válida a todos los sacrificios, sufrimientos, luchas y trabajos del hombre. No se puede evitar la cruz en cualquiera de sus formas, pero siempre se puede vivirla con amor para darle sentido. Si esto se entendiera, los seres humanos verían en las dificultades de la vida, cualquiera de ellas, una forma de amor. Los problemas cotidianos de un matrimonio son ocasiones maravillosas para demostrarse un amor genuino y auténtico; los sufrimientos por los hijos se transforman en modos de amor más profundos que el simple cariño; los esfuerzos que exige la fe adquieren para ella el brillo de la autenticidad y de la verdad; el sacrificio en el seguimiento de Dios nos demuestra que Dios es demasiado grande y maravilloso para nosotros. Hay que sospechar generalmente de realidades que no cuestan, de matrimonios que no cuestan, de evangelios que no cuestan, de pertenencias a la Iglesia que no cuestan, de amores que no cuestan.

El dolor es, pues, la garantía del verdadero amor. Sólo es capaz de sufrir el que ama. Contemplamos así la vida de tantas personas que en el silencio de sus vidas, día a día, es el amor el que las impulsa a ir adelante, a pesar de todo y contra todo. Van adelante en su vida espiritual, aunque les atenace la sequedad; se humillan en el matrimonio esperando mejores momentos para solucionar las crisis; rezan con confianza a Dios cuando los hijos están pasando por momentos especialmente complicados; perseveran en las decisiones buenas, aunque a veces parezca que carecen de fuerza para seguir adelante. Sería extrañísimo e incluso desilusionador el amar sin tener que sufrir. Mas aun, el que ama se complace en el sufrir por aquél a quien ama. Hay santos que del cielo lo único que no les gusta es el no poder sufrir ya.

El Evangelio a través de dos evangelistas nos refiere de forma parecida, pero con matices diversos, una simpática escena en la que se pide para Santiago y Juan, su hermano, un lugar privilegiado en el Reino de Cristo. En Mt 20,21-28 es la madre de éstos, Salomé, quien eleva esta petición a Cristo. Y en Mc 10, 35-45 son ellos mismos directamente quienes hacen esta petición. Jesús en ambos relatos les dice que no saben lo que están pidiendo y les lanza esa misteriosa pregunta si pueden beber del cáliz que él va a beber. Ellos afirman que sí. Pero Jesús les anuncia que efectivamente van a beber el cáliz, pero respecto al sitio a su derecha e izquierda es para aquellos para quienes esté preparado. 

"Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda" (Mc 10, 37). No hay duda de que es el amor el que impulsa a estos dos hermanos a pedirle a Cristo un privilegio tan extraordinario. Por el carácter apasionado, al menos de Santiago, suena lógico que quisiera estar cerca del Maestro en su gloria. El amor empuja hacia el amado de una forma irresistible. Sin embargo, para Santiago en este momento todavía el amor es un sentimiento, un impulso, una inclinación. 

Es bello, pero no ha sido probado por el dolor. Aunque posteriormente se enfaden los demás por esta petición tan osada, no hay que quitarle valor a este deseo de los dos hermanos. Y Cristo la comprende. ¿Quién de los Apóstoles no desearía algo tan maravilloso? A Santiago no le bastaba la cercanía; quería la intimidad, la posesión, la totalidad.

"¿Podéis beber la copa que yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" (Mc 10, 38). Cristo enseguida trata de hacerle comprender con esta dura pregunta que para poder decir que se ama es necesario decirlo con el dolor. Si quiere de veras amarlo a Él, estar cerca de Él, compartir todo con Él, tendrá que beber su cáliz, cáliz que es Getsemaní, cáliz que es la muerte en la Cruz, cáliz que es la renuncia total a sí mismo. De esta forma Cristo toca la verdad más hermosa del amor: no se puede amar, cuando el amor no cuesta, o también el dolor es el modo más genuino y auténtico de amar. Seguramente en la vida es así: hasta que el amor no ha sido purificado por el dolor, no se puede decir que se ama en serio. 

"Sí, podemos" (Mc 10,39). Del corazón decidido y generoso de Santiago salen estas palabras que confirman por un lado que ha entendido lo que el Maestro le ha enseñado acerca del amor a él y por otro que está dispuesto a seguir la suerte del Maestro hasta donde sea necesario, incluida la muerte. Jesús le confirma que efectivamente va a beber la copa que él va a beber y a ser bautizado con ese bautismo de sangre que será su muerte, pero le anuncia que sentarse a su derecha o a su izquierda no puede él concederlo. De alguna manera, todavía Cristo le orienta hacia un amor desprendido. El premio del que ama sólo es amar. Así el amor llega a su plenitud. Si se muere por él, no es para conseguir un lugar privilegiado en su Reino, sino simplemente para poder demostrar el grado de amor que invade su corazón, pues "no hay mayor amor que dar la vida por los amigos". 

Para nosotros cristianos se convierte en una prioridad absoluta el aceptar la cruz y el dolor como la expresión más auténtica y genuina de nuestro amor a Dios, de nuestro amor a los demás y de nuestro amor a nosotros mismos. En todos estos campos se sigue realizando aquel camino de "a la luz por la cruz". Queremos que nuestro amor a Dios no se quede en meras palabras, deseamos que nuestro amor a los demás no se convierta simplemente en uso de los demás para nuestro egoísmo, pretendemos crecer como personas en el bien auténtico, tenemos que aceptar la cruz, amarla intensamente y vivirla en todas sus exigencias.


Nos tenemos que convencer de que el amor a Dios no son simplemente palabras, como nos enseña Cristo. El amor a Dios nos tiene que doler, es decir, tiene que vivirse en los momentos más difíciles para nosotros: cuando sentimos la oscuridad en la fe, cuando sentimos la desgana ante las cosas espirituales, cuando nos cuesta especialmente alguna exigencia del Evangelio como el perdón o la humildad, cuando tenemos que renunciar a nosotros mismos para aceptar el misterio de Dios, cuando tenemos que doblegar nuestro racionalismo ante la evidencia de la fe, cuando tenemos que aceptar el hecho de que el perdón de los pecados se confiera a través del sacramento del perdón, cuando en la persona del Vicario de Cristo tenemos que ver a Cristo mismo, cuando en el Magisterio de la Iglesia tenemos que reconocer a Cristo Maestro que nos habla por medio de sus representantes. Cuando me cueste amar a Dios, entonces estaré afirmando que mi amor a él es auténtico. Por el contrario, tenemos que sospechar cuando el amor a Dios nos resulte fácil, cómodo, tranquilo. Entonces no estaremos amando a Dios, sino buscándonos a nosotros mismos.

Y, ¿qué decir del amor a los demás? La esencia del amor es darse y entregarse, lo cual va en contra necesariamente de esa tendencia tan habitual en el hombre que es el egoísmo. Cada acto de amor es como una renuncia a uno mismo, lo cual se experimenta como dolor, aunque el amor sea capaz de darle un hermoso sentido. Por ello, tenemos que decidirnos a pasar por encima de nuestro egoísmo, aunque nos duela, cuando en casa nos resulte complicado sacrificarnos por los hijos o salir de nuestro mundo para entrar en contacto con el mundo de la mujer, cuando en el mundo profesional sintamos ganas o deseos de complicar la vida a cualquier precio a quienes compiten contra nosotros, cuando en la vida diaria sentimos que otros han pisoteado nuestros sentimientos y nos encontramos dolidos, cuando tenemos que mortificar nuestra lengua o nuestro pensamiento para no caer en el juicio temerario o en la crítica frívola, cuando hay que levantarse de la comodidad para servir y colaborar. Es natural que el amor a los demás esté hecho de renuncias propias, es decir, de gotas de dolor que, en este caso, sólo embellecen la propia vida.

Y finalmente, el amor verdadero a uno mismo tiene que aliarse con el dolor. Generalmente, porque nos atenaza la comodidad y no queremos sufrir, nos privamos a nosotros mismos de grandes posibilidades. No cultivamos nuestra mente, porque nos cuesta leer y formarnos, no desarrollamos los talentos que Dios ha depositado en nosotros, porque afirmamos que la vida en sí misma es ya muy complicada, no cuidamos muchas veces hasta nuestra misma salud porque no queremos renunciar a nuestros gustos y caprichos. Amarse correctamente a uno mismo es disponerse a luchar y a sufrir con el objetivo de crecer como persona, pasando por encima de criterios de comodidad y de pereza. En cambio, el amor a nosotros mismos, que nos destruye, es ese amor que nos lleva a buscar en cada momento lo fácil, lo barato, lo vulgar, en todo lo cual no hay renuncia, sacrificio, esfuerzo.


La Cruz de Cristo se ha convertido a lo largo de los siglos en ese monumento, visible desde todas partes, del amor loco de Dios al hombre. Pero sería triste que la Cruz sólo suscitara en nosotros admiración. La Cruz debe inspirar seguimiento. La Cruz con Cristo para nosotros se convierte en camino de salvación y de progreso espiritual. La Cruz nos es necesaria en la vida para poder autentificar el amor a Dios. La Cruz nos es fundamental en la vida para poder demostrar a los demás la sinceridad de nuestro amor. La Cruz nos es clave en la vida para poder salvarnos y ser felices en nuestro peregrinar por la tierra. Dígamosle a Cristo con las palabras de Santiago Apóstol que queremos bebe el cáliz que él va a beber y ser bautizados con el bautismo que él va a ser bautizado.


Autor: P. Juan J. Ferrán.

jueves, 25 de julio de 2013

No tener confianza es no tener paz

No queremos hablar con nadie ni contarle a nadie nuestra pena, ¡nos han engañado! y hemos perdido la confianza. 
No tener confianza, desconfiar, es perder la calma, es no tener paz. Hoy en día los hombres y las mujeres desconfiamos de todo y por lo tanto no tenemos paz. Vivimos recelando, pensando en que todos nos pueden engañar.

Tal vez sea porque tampoco nosotros somos auténticos, tal vez sea por eso. Lo cierto es que vivimos en un mundo de engaño. Engaño en los negocios, engaño en los artículos que consumimos, comida, cremas, accesorios, contratos, etcétera; engaño en el amor y en la amistad. Y cuando somos sinceros, honestos, ¡cuánto nos duele que alguien nos traicione!

Creer en nuestros semejantes, en nuestros seres queridos, es necesidad vital para poder vivir. Creer plenamente, sin sombra de duda en el ser amado es condición necesaria para sublimarnos en toda nuestra integridad moral como el que alguien nos diga: - ¡Creo en ti!. Pero los seres humanos nos fallamos unos a otros y es ahí cuando aparece el dolor, los celos, la desconfianza.

Tal vez hoy tengamos eso, dolor, decepción, estamos heridos, nos han engañado... Tal vez aquel puesto de trabajo que nos prometieron fue un engaño, tal vez aquel juramento de amor no fue sincero, tal vez aquella amistad nos clavó un puñal por la espalda... Traición, mentira, desilusión, elementos y sensaciones que nos hacen estar tristes, muy tristes. No queremos hablar con nadie, no queremos contarle a nadie nuestra pena, ¡nos han engañado! y hemos perdido la confianza. 

Por ese dolor, de la índole que sea, no nos dejemos aniquilar. Dios es nuestro Padre y nos está cuidando, un Padre todo amor y en El si podemos confiar. Fijémonos en los niños cuando juegan en el Parque. Andan corriendo un poco lejos de su madre, pero si tropiezan y caen, o algo los asusta, corren a refugiarse en los brazos de ella que los acoge solícita y el niño con un suspiro de llanto apoya su cabecita en el regazo materno porque allí se siente seguro y CONFIADO. Eso es lo que necesitamos cuando las cosas nos hacen sufrir, tener confianza en nuestro PADRE Dios pero también en los hombres. El niño no solo cuando cae o tiene miedo, sino cuando encuentra una florerilla corre gozoso a mostrársela al ser querido. Así nosotros en nuestras penas, pero también en nuestros acontecimientos gratos, en nuestros triunfos y alegrías vayamos a Él para mostrarle y agradecerle todo aquello que nos llena de dicha.

La falsedad, aunque en estos tiempos parece acosarnos para donde miremos, no es un mal de hoy. Ya lo podemos ver en el texto de (Jeremías, IX, 3 y 55) "Nada de fidelidad, solo el fraude predomina en la tierra. Amontonan iniquidad sobre iniquidad... recelan uno del otro, nadie confía en nadie todos engañan, todos difaman... no hay en ellos palabras de verdad. Tan avezadas están sus lenguas a la mentira, que ya no pueden sino mentir".

Nos engañamos, nos mentimos unos a otros porque no somos auténticos. Hemos de vivir nuestra existencia con autenticidad para poder confiar y dar confianza a nuestros semejantes. 

Estamos llamados a hacer un mundo nuevo. Un mundo mejor. Un mundo verdad. Y LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES. Para eso tenemos que vivir nuestra propia vida con auténtica verdad. Una auténtica renovación en nuestras vidas, empezando por confiar en la Humanidad.


Autor: Ma. Esther De Ariño.

miércoles, 24 de julio de 2013

LA LUZ DE LA FE

Autor: Pablo Cabellos Llorente
            El título de la encíclica del Papa Francisco  recuerda a la de Juan Pablo II  "El esplendor de la Verdad". Ambas tienen  en común el empeño en poner de relieve que la verdad -sea de la razón o de la fe- es luminosa. Es cierto que muchas veces esa luz es incompleta porque se puede avanzar más en su comprensión, pero siempre es luz, transparencia, belleza, posibilidad grande del ser humano. Aún está más relacionada con "Fides et Ratio". Los tres insignes documentos salen al paso de algo que advirtió san Josemaría: "Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema".
         Al inicio, ilustra los motivos en que se basa el documento, que acuden justamente a los términos reales del problema: el primero es recuperar el carácter de luz propio de la fe, capaz de iluminar toda la existencia del hombre, de ayudarle a distinguir el bien del mal, sobre todo en una época en la que  creer se opone investigar, y ve la fe  como una ilusión, un salto al vacío que impide la libertad del hombre. En segundo lugar, la Lumen Fidei -justo en el Año de la Fe, 50 años después del Concilio Vaticano II, un "Concilio sobre la Fe"- quiere vigorizar la percepción de la amplitud de los horizontes abiertos por la fe para confesarla en su unidad e integridad. La fe no es un presupuesto que hay que dar por descontado, sino un don de Dios que alimenta y fortalece la Iglesia. Pero ni irracional ni anticientífico. Es más, la luz de la razón autónoma respecto a Dios no permite iluminar suficientemente el futuro, deja al hombre en la oscuridad, con miedo a lo desconocido.
        Yendo solamente al núcleo del documento, empleando una analogía, el Papa recuerda que en la vida diaria confiamos en "la gente que sabe las cosas mejor que nosotros" -el arquitecto, el farmacéutico, el abogado-, así también en la fe necesitamos a alguien fiable y experto en "las cosas de Dios" y Jesús es "aquel que nos explica a Dios." Por esta razón, creemos a Jesús cuando aceptamos su Palabra, y creemos en Jesús cuando lo acogemos en nuestras vidas, nos confiamos a él y vemos con sus ojos.
        El capítulo segundo muestra más intensamente la relación con el esplendor de la verdad.  El Papa demuestra la estrecha relación entre fe y verdad, la verdad fiable de Dios, su presencia fiel en la historia. "La fe, sin verdad, no salva. Se queda en una bella fábula, la proyección de nuestros deseos de felicidad." Y hoy, debido a la "crisis de verdad en que nos encontramos", es más necesario que nunca subrayar esta conexión, porque la cultura contemporánea tiende a aceptar sólo la verdad tecnológica, lo que el hombre puede construir y medir con la ciencia experimental, lo que es "verdad porque funciona", o las verdades  subjetivas, no válidas para el bien común. Por el contrario, la fe, que nace del amor de Dios, hace fuertes los lazos entre los hombres y se pone al servicio concreto de la justicia, el derecho y la paz. 
        Actualmente se mira como sospechosa la "verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto", porque se la asocia erróneamente a los grandes relatos totalitarios del siglo XX. Esto, sin embargo, implica el "gran olvido en nuestro mundo contemporáneo" que -en beneficio del relativismo y temiendo el fanatismo- olvida la pregunta sobre la verdad, sobre el origen de todo, la pregunta sobre Dios que, si no obtiene respuesta, deja la vida sin sentido. La encíclica manifiesta el vínculo entre fe y amor, entendido como el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da nuevos ojos para ver la realidad. Si, pues, la fe está ligada a la verdad y al amor, entonces "amor y verdad no se pueden separar", porque sólo el verdadero amor resiste la prueba del tiempo y se convierte en fuente de conocimiento. Y puesto que el conocimiento de la fe nace del amor fiel de Dios, "verdad y fidelidad van juntos".

         En el diálogo fe-razón es importante percibir que "la verdad que buscamos, la que da sentido a nuestro pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca". Si la verdad es la del amor de Dios,  no se impone con violencia, Dios no aplasta al individuo. La fe no es intransigente, el creyente no es arrogante, la verdad vuelve humildes y conduce a la convivencia y al respeto. La fe facilita el diálogo con la ciencia,  despertando el sentido crítico y ampliando horizontes de la razón, invitándonos a mirar con asombro la Creación;  el encuentro interreligioso, al que el cristianismo ofrece su contribución;  el diálogo con los no creyentes que siguen buscando; con los que "intentan vivir como si Dios existiese", porque "Dios es luminoso, y se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón".

María Magdalena, la enamorada de Dios

El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo"
Realmente nos encontramos en el Evangelio a un personaje muy especial del que nos pareciera saberlo todo y del que casi no sabemos nada: María Magdalena. Magdalena no es un apellido, sino un toponímico. Se trata de una María de Magdala, ciudad situada al norte de Tiberíades. Sólo sabemos de ella que Cristo la libró de siete demonios (Lc 8, 2) y que acompañaba a Cristo formando parte de un grupo grande mujeres que le servían. Los momentos culminantes de su vida fueron su presencia ante la Cruz de Cristo, junto a María, y, sobre todo, el ser testigo directo y casi primero de la Resurrección del Señor. A María Magdalena se le ha querido unir con la pecadora pública que encontró a Cristo en casa de Simón el fariseo y con María de Betania. No se puede afirmar esto y tampoco lo contrario, aunque parece que María Magdalena es otra figura distintas a las anteriores. El rostro de esta mujer en el Evangelio es, sin embargo, muy especial: era una mujer enamorada de Cristo, dispuesta a todo por él, un ejemplo maravilloso de fe en el Hijo de Dios. Todo parece que comenzó cuando Jesús sacó de ella siete demonios, es decir, según el parecer de los entendidos, cuando Cristo la curó de una grave enfermedad.


María Magdalena es un lucero rutilante en la ciencia del amor a Dios en la persona de Jesús. ¿Qué fue lo que a aquella mujer le hechizó en la persona de Cristo? ¿Por qué aquella mujer se convirtió de repente en una seguidora ardiente y fiel de Jesús? ¿Por qué para aquella mujer, tras la muerte de Cristo, todo se había acabado? María Magdalena se encontró con Cristo, después de que él le sacara aquellos "siete demonios". Es como si dijera que encontró el "todo", después de vivir en la "nada", en el "vacío". Y allí comenzó aquella historia.

El amor de María Magdalena a Jesús fue un amor fiel, purificado en el sufrimiento y en el dolor. Cuando todos los apóstoles huyeron tras el prendimiento de Cristo, María Magdalena estuvo siempre a su lado, y así la encontramos de pié al lado de la Cruz. No fue un amor fácil. El amor llevó a María Magdalena a involucrarse en el fracaso de Cristo, a recibir sobre sí los insultos a Cristo, a compartir con él aquella muerte tan horrible en la cruz. Allí el amor de María Magdalena se hizo maduro, adulto, sólido. A quien Dios no le ha costado en la vida, difícilmente entenderá lo que es amarle. Amor y dolor son realidades que siempre van unidas, hasta el punto de que no pueden existir la una sin la otra.


El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor total. "Para mí la vida es Cristo", repetiría después otro de los grandes enamorados de Cristo. Comprobamos este amor en aquella escena tan bella de María Magdalena junto al sepulcro vacío. Está hundida porque le han quitado al Maestro y no sabe dónde lo han puesto. La muerte de Cristo fue para María un golpe terrible. Para ella la vida sin Cristo ya no tenía sentido. Por ello, el Resucitado va enseguida a rescatarla. Se trata seguro de una de las primeras apariciones de Cristo. Era tan profundo su amor que ella no podía concebir una vida sin aquella presencia que daba sentido a todo su ser y a todas sus aspiraciones en esta vida. Tras constatar que ha resucitado se lanza a sus pies con el fin de agarrarse a ellos e impedir que el Señor vuelva a salir de su vida. 

El amor de María Magdalena a Cristo fue un amor de entrega y servicio. Nos dice el Evangelio que María Magdalena formaba parte de aquel grupo de mujeres que seguía y servía a Cristo. El amor la había convertido a esta mujer en una servidora entregada, alegre y generosa. Servir a quien se ama no es una carga, es un honor. El amor siempre exige entrega real, porque el amor no son palabras solo, sino hechos y hechos verdaderos. Un amor no acompañado de obras es falso. Hay quienes dicen "Señor, Señor, pero después no hacen lo que se les pide". María Magdalena no sólo servía a Cristo, sino que encontraba gusto y alegría en aquel servicio. Era para ella, una mujer tal vez pecadora antes, un privilegio haber sido elegida para servir al Señor.


El amor de María Magdalena a Cristo constituye para nosotros una lección viva y clarividente de lo que debe ser nuestro amor a Dios, a Cristo, al Espíritu Santo, a la Trinidad. Hay que despojar el amor de contenidos vacíos y vivirlo más radicalmente. Hay que relacionar más lo que hacemos y por qué lo hacemos con el amor a Dios. No debemos olvidar que al fin y al cabo nuestro amor a Dios más que sentimientos son obras y obras reales. El lenguaje de nuestro amor a Dios está en lo que hacemos por Él.

En primer lugar, podemos vivir el amor a Dios en una vida intensa y profunda de oración, que abarca tanto los sacramentos como la oración misma, además de vivir en la presencia de Dios. En estos momentos además nuestra relación con Dios ha de ser íntima, cordial, cálida. Hay que procurar conectar con Dios como persona, como amigo, como confidente. Hay que gozar de las cosas de Dios; hay que sentirse tristes sin las cosas de Dios; hay que llegar a sentir necesarias las cosas de Dios. 

En segundo lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la rectitud y coherencia de nuestros actos. Cada cosa que hagamos ha de ser un monumento a su amor. Toda nuestra vida desde que los levantamos hasta que nos acostamos ha de ser en su honor y gloria. No podemos separar nuestra vida diaria con sus pequeñeces y grandezas del amor a Dios. No tenemos más que ofrecerle a Dios. Ahí radica precisamente la grandeza de Dios que acoge con infinito cariño esas obras tan pequeñas. De todas formas la verdad del amor siempre está en lo pequeño, porque lo pequeño es posible, es cotidiano, es frecuente. Las cosas grandes no siempre están al alcance de todos. Además el que es fiel en lo pequeño, lo será en lo mucho.


Y en tercer lugar, tenemos que vivir el amor a Dios en la entrega real y veraz al prójimo por Él. "Si alguno dice: Yo amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no pude amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20). El amor a Dios en el prójimo es difícil, pero es muchas veces el más veraz. Hay que saber que se está amando a Dios cuando se dice NO al egoísmo, al rencor, al odio, a la calumnia, a la crítica, a la acepción de personas, al juicio temerario, al desprecio, a la indiferencia, a etiquetar a los demás; y cuando se dice SÍ a la bondad, a la generosidad, a la mansedumbre, al sacrificio, al respeto, a la amistad, a la comprensión, al buen hablar. La caridad con el prójimo va íntimamente ligada a la caridad hacia Dios. Es una expresión real del amor a Dios.


Autor: Juan J. Ferrán, L.C.

martes, 23 de julio de 2013

«En el caso de abusos el enemigo está cerca, suele ser conocido»

Carlos Pajuelo Psicólogo Infantil y bloguero en HOY


Carlos Pajuelo, psicólogo. :: HOY
Además de profesor de la Universidad de Extremadura, el pacense Carlos Pajuelo es el psicólogo del Equipo de Atención Temprana de Badajoz, un grupo psicopedagógico perteneciente a la red de la Junta de Extremadura. Su especialidad como psicólogo son los niños y sus padres.

-¿Cómo pueden los padres detectar que su hijo está sufriendo abusos, leves o severos, teniendo en cuenta que pasa muchas horas en el colegio?

-No solo en el colegio. Esto ocurre con gente cercana, que puede ser un familiar o un vecino. La mayoría de casas de abusos se da con gente que es conocida por la familia. Creo que los padres debemos hablar a los hijos con tranquilidad y sin asustar, pero hacerles ver que hay personas que hacen juegos sexuales con los niños, a los cuales hay que explicarles en qué consisten para que los niños lo puedan contar.

Deben perder pudor los padres?

- Claro, porque a veces por no saber afrontar el tema estamos dejando a nuestros hijos en una situación de peligro que podríamos prevenir.

- ¿A partir de qué edad?

- Pues desde que empiezan a tener tres años o así. Ya se les puede hablar de que hay personas que les gusta hacer estas cosas y si te pasa me lo cuentas a mí. Que los niños sepan que esto ocurre.

-¿Qué valor tiene la palabra de un niño según su edad?

-Un niño difícilmente puede fabular conductas de abusos. Que te peguen collejas o algún tocamiento el niño lo puede interpretar como que le toca, y ahí queda duda. Pero con conductas sexuales explícita es difícil que el niño invente.

- ¿Pero si son sutiles, como acariciar el trasero o un beso en el cuello?

- Pues por eso es importante explicarle estas cosas a los niños sin alarmar. Hay niños que perciben malestar o que sienten que eso está mal, aunque parezca natural. Y si lo pones en conocimiento de la adulto a veces es suficiente para parar este comportamiento.

- ¿En casos de niños más mayores, qué probabilidad hay de que los alumnos se confabulen para hacer daño a un profesor con este tipo de acusaciones?

-Una vez que hay un caso, uno puede interpretar que a él o ella también le tocaba. Estas son cuestiones con las que hay que tener cuidado e intentar hablar con niños y padres para que digan qué ha pasado realmente y no la interpretación que salga cuando hay un asunto mediático como éste en marcha y ello dé rienda suelta a su fantasía.
- Han cambiado la convenciones, una colleja hace veinte años no tiene el mismo efecto que ahora.
- Claro, ahora si un profesor el alumno denuncia. Ha habido un cambio importante. Pero sigue siendo todo muy sutil, sobre cuándo se quiere hacer daño físico y entonces es abuso. Lo que me llama la atención es que sobre todo esto los padres no apliquen pautas educativas igual que cuando les enseñan a cruzar un semáforo. Y en el caso de los abusos el enemigo está cerca, suele ser un conocido.

-¿Qué resortes se activan en el menor para no confesar, supongo que a través de chantajes y amenazas?

-Muchas veces en los menores que son víctimas de abuso hay sentimiento de culpa. Ser tocado o la actividad sexual suele producir placer. Y esto, junto a la amenaza más sentirte responsable de lo ocurrido, hace que no digan nada y se perpetua el abuso. Por eso insisto en que los padres formen a sus hijos y hacerles ver estas situaciones con tranquilidad.


Discernir entre lo bueno y lo malo

Estar cerca de Dios nos da la posibilidad de discernir, con la ayuda de Dios, entre lo bueno y lo malo.
Lo decían los filósofos: conocer el bien implica conocer el mal. Porque la mente humana está siempre abierta hacia lo diferente, hacia lo contrario. Alto y bajo, grande y pequeño, verdadero y falso, bueno y malo,... son conceptos que comprendemos al mismo tiempo, porque tener la idea de una cualidad nos lleva a comprender la idea de su contrario (cuando exista).

Muchas personas no saben qué es el pecado, porque no han llegado a descubrir que existe una vocación al amor y a la verdad, porque no saben que necesitamos apartarnos del mal para buscar y realizar el bien.

Escuchamos, por eso, con frecuencia: "¿qué hay de malo en el aborto, en el adulterio, en el fraude fiscal, en la desidia en el trabajo, en la maledicencia, incluso en el abuso del alcohol o de la droga?" Encontramos, también con frecuencia, a miles de personas que parecen no percibir la maldad escondida en sus acciones.

No es fácil explicar cómo y por qué se ha llegado a esta situación, pues los motivos y las historias son diversas. Pero sí sabemos cómo salir de la misma: con una ayuda, humana y divina, que nos permita abrir los ojos, descubrir el bien verdadero, reconocer que hemos sido llamados al amor verdadero. Entonces sí es fácil identificar todo aquello que nos aparta del amor, denunciar el pecado que puede destruir nuestra vocación al amor.

Cuando un hombre o una mujer descubren los tesoros propios de la vida matrimonial y de la familia, la belleza de acoger los hijos enviados por Dios, la alegría de la búsqueda del hacer feliz al otro o a la otra por encima de uno mismo...

Cuando un político o un simple ciudadano reconocen el verdadero sentido de la sociedad y de la ley, la dignidad propia de cada ser humano (de cualquier raza, con o sin pasaporte, nacido o por nacer), la dignidad de los ricos y de los pobres...

Cuando nos abrimos al respeto de la honra de los otros, cercanos o lejanos, desconocidos o famosos, y descubrimos que nunca es justo considerar culpable al inocente, mientras que es hermoso cerrar los oídos a la calumnia para apreciar a cada uno en su justa medida...

Cuando acogemos la vocación a la entrega como lo más hermoso del ser humano, como aquello que nos lleva a dejar en segundo lugar nuestro egoísmo para recibir, escuchar, vestir, cuidar, perdonar a otros hombres y mujeres necesitados de justicia, y, sobre todo, de amor y simpatía profunda...

Entonces es cuando abrimos los ojos para reconocer tentaciones y pecados que nos apartan del camino de la vida y nos hunden en el mundo del mal. Porque el camino de la conversión nos permite denunciar las obras de las tinieblas a partir del descubrimiento (que es don de Dios y búsqueda sincera por parte de un corazón honesto) de los horizontes de bien que son propios de toda vida humana digna y bella.

Acercarse a Cristo nos permite entrar en la luz. "Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad" (Ef 5,8-9).

El primer efecto de la luz es esa posibilidad de discernir, con la ayuda de Dios, entre lo bueno y lo malo. Lo cual, en un mundo de engaños relativistas, ya es mucho. Desde ese discernimiento, la voluntad encontrará fuerzas para dejar las obras del mal y para seguir el camino del amor que nos fue enseñado por Cristo en el Evangelio.


Autor: P. Fernando Pascual LC.

lunes, 22 de julio de 2013

Revolución Francisco, rumbo a Río

·    El Santo Padre «del fin del mundo» aterriza hoy en Brasil para reunirse con jóvenes de todo el planeta en su primer viaje internacional. El Papa, antes de partir, destacó que «habrá tantos peregrinos que se puede llamar Semana de la Juventud» 


Un grupo de peregrinos, ayer, en la playa de Ipanema, durante los preparativos del encuentro Efe

Darío Menor - Corresponsal en la Santa Sede.  Ciudad del Vaticano.

A finales del pasado mes de febrero, Jorge Mario Bergoglio tomaba en Buenos Aires un avión con destino a Roma, adonde viajaba para participar en el cónclave del que debía salir el sucesor de Benedicto XVI. El entonces arzobispo de la capital argentina dejaba su casa y llegaba a Roma de manera discreta, casi sin hacer ruido. Hoy, Bergoglio vuelve a su continente, a América Latina, convertido en Francisco, el Papa de los primados (primer jesuita, primero Francisco, primer latinoamericano), una figura que gusta a católicos y no creyentes por igual y que en cuatro meses se ha convertido en la conciencia del mundo.
En el primer viaje internacional de su pontificado –se estrenó en Italia hace dos semanas con la visita a la isla de Lampedusa para confortar a los inmigrantes–, Francisco transmitirá su idea de cómo debe vivirse la fe y construir la Iglesia a las dos millones de personas que participarán en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Río de Janeiro. Se espera que de todos sus discursos, intervenciones y gestos rezume esa idea de «Iglesia pobre y para los pobres» con la que se presentó ante los periodistas a los pocos días de su elección y de la que ha hecho gala en todas sus decisiones como Pontífice.
Francisco llega a Río de Janeiro tras poner en Roma las bases sobre las que se construirá una profunda remodelación de la Iglesia católica partiendo del Vaticano. En estos cuatro meses, ha instituido tres comisiones llamadas a invertir la forma en que se tomaban antes muchas decisiones. El primer comité, formado por ocho cardenales, será su «gabinete» para ayudarle en el gobierno de la Iglesia universal y en la remodelación de la Curia romana. El segundo grupo de trabajo estará focalizado en el Instituto para las Obras de Religión (IOR), la banca vaticana, uno de los grandes quebraderos de cabeza para los católicos por sus escándalos. La última comisión, instaurada el pasado viernes, está llamada a reorganizar la administración y las finanzas de la Santa Sede.
El Papa ha acompañado estas decisiones concretas con una catarata de gestos y declaraciones que muestran su voluntad de una comunidad cristiana más sencilla y humilde, alejada de las estructuras y formas innecesarias, propositiva y sin miedo a la modernidad ni a ir a contracorriente. No le ha temblado el pulso además a la hora de denunciar los grandes males de la Iglesia y de la sociedad, como por ejemplo la corrupción. Se espera que en la JMJ incida en la denuncia de este problema, que tanto daño hace a la población de América Latina. En estos cuatro meses, en definitiva, este argentino de 76 años e indudable don de gentes, ha desplegado en todos los campos una revolución pacífica cuyos efectos podrían multiplicarse con el multitudinario encuentro de Río de Janeiro.
Francisco no cambia su estilo en ningún momento y ayer, durante el rezo del Ángelus, su última aparición pública antes del viaje, volvió a insistir en cómo debe vivirse el cristianismo. Con buen tono y humor, explicó desde el balcón de su estudio en el palacio apostólico que la «oración y la acción» deben ir siempre unidas. «En un cristiano, las obras de servicio y de caridad no están nunca separadas de la fuente principal de cualquiera de nuestras acciones: la escucha de la Palabra del Señor, el estar a los pies de Jesús, con la actitud del discípulo», comentó.
Tras la oración mariana, pidió a las miles de personas congregadas en la plaza de San Pedro que le acompañaran espiritualmente con la oración en su viaje a la JMJ de Río de Janeiro. «Habrá allí tantos jóvenes, de todas las partes del mundo. Pienso que se puede llamar la Semana de la Juventud», dijo muy animado, pues los «protagonistas» de estos días serán los jóvenes. Una vez terminado el Ángelus, envió un mensaje a sus seguidores en Twitter en el que decía: «¡Cuántos quisieran estar en Río, para la JMJ, pero no pueden! Los tenemos presentes entre nosotros por medio de nuestra oración».

El exdirector de los Salesianos de Badajoz, doble proceso: el penal y ahora el Canónico


Los salesianos son claros: «Se va a iniciar de forma inmediata un proceso canónico que supone la apertura de un expediente informativo a fin de valorar cada una de las acusaciones realizadas contra el salesiano y determinar consecuencias canónicas derivadas de su condición de consagrado y docente». En estos términos se expresaba ayer la congregación en un comunicado en el que se pronunciaba por primera vez por la detención del ya exdirector de Salesianos por supuestos delitos contra la integridad moral y la indemnidad sexual. Es decir, el sacerdote Francisco Javier Luna puede enfrentarse a un doble proceso judicial: el civil ya iniciado y otro ante el Derecho Canónico.
Para comprender el funcionamiento de este proceso al que puede enfrentarse el salesiano es importante tener en cuenta que «tiene autonomía» aunque «en la práctica funciona coordinada con el derecho civil», así lo explica el jesuita José Luis Sánchez-Girón, vicedecano de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Comillas. Así, el proceso que ahora se hace podrá tener en cuenta las investigaciones y diligencias previas realizadas por la Policía. En este sentido, lo más lógico es esperar a que la justicia civil avance -prestándole colaboración, como los salesianos ya han informado que harán- para abrir el proceso canónico y «evitar así entorpecer».
También es importante tener en cuenta que el Derecho Canónico tiene otra 'finalidad' distinta de los procesos civiles. Se trata de dirimir si un sacerdote puede seguir ocupándose de una parroquia, puede desempeñar un determinado cargo o puede administrar los sacramentos. En este sentido, a la mayor pena que se enfrenta un acusado es «a la pérdida de condición de clérigo». A partir de ahí, el gradiente puede ir desde la inhabilitación para desempeñar determinadas funciones o la expulsión como religioso de una congregación.
Existen determinadas cuestiones que están más abocadas a la máxima pena, como es el caso de los abusos sexuales. Las agresiones son distintas. La vía penal considera delito las agresiones a menores, pero en la praxis se entiende que esta cuestión ya ha sido juzgada por un tribunal civil. En ese caso, «sería mucho más verosímil» que el superior de los salesianos, una vez con la investigación completa, si fueran solo agresiones no abriera proceso penal. En ese caso, la cuestión sería meramente administrativa y acabaría con un traslado a otra localidad o con apartarlo de determinadas funciones y cargos.

María, una mujer nueva

La que ama en vez de odiar, que reza en vez de blasfemar, que bendice y no maldice, que perdona y no guarda rencores, que hace la voluntad de Dios y no la suya. 
María es el modelo de la criatura nueva. Si queremos llegar a ser santos, debemos de ver en María un testimonio digno de imitación y no simplemente de contemplación. En la medida en que la imitemos, llegaremos a ser esa criatura que ama en vez de odiar, que reza en vez de blasfemar, que bendice y no maldice, que perdona y no guarda rencores, que hace la voluntad de Dios y no sus propios caprichos.

Pero existe dentro de cada persona una criatura vieja, contraria a la nueva. Es la criatura que sentimos dentro de nosotros y que nos ofrece muchas veces la sociedad: criatura vieja, como viejo el pecado y la división; como vieja es la confusión y atolondramiento; como vieja es la indiferencia, la prepotencia o la pérdida de toda ilusión.

¡Qué gran abismo existe entre María y ciertos modelos que nos presenta la sociedad de hoy! Son quizá hermosos por fuera, pero por dentro están vacíos muchos de ellos.

Si quieres caer en la trampa del viejo mundo, es muy fácil: déjate llevar por las pasiones y caprichos. "Hoy no me apetece ir a Misa", no vayas; "me da pereza asistir al trabajo", no asistas; "lo quiero matar", ¿qué esperas?; "le diré sus verdades", díselas. Haz lo contrario de lo que dice el Evangelio: odia a Dios sobre todas las cosas, aborrece a tu enemigo, si alguien te pega en la mejilla izquierda, pégale en la derecha; si uno te quita la túnica, quítale tú el manto; si el otro te pide que lo acompañes una milla; pídele tú que te acompañe dos.

En cambio si deseas ser criatura nueva, sigue el ejemplo de María sé humilde y ama a tus seres queridos, pero también al que te cae antipático o te ha puesto una zancadilla en los negocios. Aprende a perdonar al que te ha calumniado o hablado mal de ti, robándote tu buena fama. Sirve a los demás con amor, y no te sirvas de ellos para planes poco nobles o incluso indignos de tu fe cristiana.... María, junto a la cruz de Jesús, nos fue dada como madre a todos. María aceptó esa maternidad, perdonando y amando, como lo hizo Jesús, a los verdugos. Y sucedió un milagro de gracia: uno de ellos, el centurión, creyó y se convirtió en criatura nueva.

domingo, 21 de julio de 2013

La seriedad en la vida

Se trata de tomar en serio la vida, precisamente para que nunca nos falten la alegría y el optimismo. 
Con las veces que hablamos de la alegría y del optimismo en nuestros mensajes, estaría bonito que viniera hoy a decirles que no, que eso de la alegría y el optimismo lo vamos a dejar de lado para anunciar a los cuatro vientos que queremos una verdadera conversión, y vamos a ser en adelante unas personas muy serias... Pues, miren qué casualidad. Hoy he tenido esta ocurrencia: hablar de la seriedad, y hablar de la seriedad en serio...

Todos ustedes, han adivinado a la primera que no se trata de vivir con caras largas, labios caídos y ojos tristones, aptos para la caricatura que de nosotros trazaría un buen dibujante para hacer reír a cualquiera..., sino todo lo contrario. 

Se trata de tomar en serio la vida, precisamente para que nunca nos falten la alegría y el optimismo, porque la seriedad de la vida es lo único que nos garantiza una vida valiosa y feliz. 

Son muchas las veces que se nos habla y hablamos de moralidad, de lo que está bien y debemos hacer. 

Lo mismo que hablamos de la inmoralidad, de lo que está mal, hasta el punto de constituir un peligro grave de perdición. 

Podemos y debemos preocuparnos de la moralidad y de la inmoralidad, pues toda cautela es poca cuando se trata de ganar o perder la vida para siempre. 

Sin embargo, hacemos poco hincapié en otro punto que influye decisivamente en nuestra existencia, como es la seriedad, y que está muy relacionada con la moralidad. 

Seriedad quiere decir tomarse la vida como se debe, con sentido de responsabilidad, valorando todas nuestras acciones y cumpliendo todas nuestras obligaciones. 

Es darse cuenta de que hay cosas que no valen la pena, y tan ligeras que sólo preocupan a personas de poca sensatez. 

Nosotros, que nos juzgamos y queremos ser hombres y mujeres de valer, queremos ser personas serias, aunque estemos riendo todo el día, sabiendo que nuestra alegría no es otra cosa que la manifestación de una conciencia en paz porque cumplimos bien todo nuestro deber. 

Un hombre tan serio y tan sensato como Ignacio de Loyola nos dio unas lecciones plásticas e inolvidables sobre la seriedad de la vida. Las leí una vez en su historia, y no las he olvidado nunca. A lo mejor nos pueden servir, una y otra anécdota, ocurridas en aquella primera comunidad de la Compañía en Roma. Digo este detalle para entender mejor lo que vamos diciendo.


La primera nos cuenta lo ocurrido con un joven novicio que estaba siempre alegre. Un compañero lo acusa ante el Fundador y superior de que procedía siempre con muy poca seriedad. En presencia del acusador, San Ignacio llama al culpable, y le dice:

-Te acusan de muy poca seriedad en tu vida. ¿Sabes lo que debes hacer en adelante? Yo siempre te veo de muy buen humor, hijo mío, y me alegro de ello. Así te quiero ver siempre. El que se ha consagrado a Dios no tiene ningún motivo de tristeza, sino de alegría.

No hay por qué decir que el muchacho siguió más contento que nunca...


La segunda anécdota tiene un cariz bien distinto. Un Hermano cumplía sus oficios domésticos de manera algo descuidada. San Ignacio de Loyola no era un hombre para medianías, y llama al que trabajaba con tan poca diligencia. 
- Oiga, Hermano, ¿usted, por qué y por quién trabaja? 
El Hermano responde con toda naturalidad y convencido:
- Padre, yo trabajo siempre por Dios y para su gloria. 
Aquí le esperaba Ignacio, que le avisa muy serio y con pocas bromas:
- ¿Por Dios y para su gloria, y hace las cosas mal? Si me dijera que las hace por el Padre Ignacio, le perdonaría. Pero si dice que las hace así por Dios, le voy a poner una buena penitencia.

Cosas de Santos... E Ignacio de Loyola es uno de los hombres más equilibrados que tenemos en el calendario. Con dos casos tan familiares como éstos, aprendemos lo que es la seriedad en la vida. No se trata de tristeza, sino de alegría, pero con un gran sentido de responsabilidad en todo lo que hacemos. Es lo que decimos con esa frase ya hecha: Tomar la vida en serio, tan distinta de tomar la vida a la ligera...

Nos ponemos ahora a pensar en nosotros mismos, y nos hacemos varias preguntas. 

¿Se toma la vida en serio cuando uno se divierte alocadamente en una discoteca?... No parece que haya mucha seriedad en eso. 
¿Está triste y deja de ser feliz el que ha pasado la noche del sábado en casa o amigablemente distraído y cumple después escrupulosamente con la Misa dominical?... Pareciera una vida muy aburrida. 

Sin embargo, los dos puntos de arranque en la comparación --la discoteca y la Misa-- nos dan la respuesta adecuada. En la una hay mucha diversión y poca alegría, porque hay poca seriedad. En la otra hay mucha poca diversión y mucha felicidad, porque hay mucha seriedad. 

El tomar en serio la vida es una fuente de paz, de alegría, de bienestar. La persona se da cuenta de que la vida vale la pena vivirse, porque se realiza y se llena las manos, ¡algo tan distinto de mirarlas vacías!... 

El cristiano, consagrado en el Bautismo a Dios para llevar una vida en todo conforme a la de Jesucristo, es el hombre más alegre a la vez que el cumplidor más fiel de todas sus obligaciones. 

Seriedad y alegría. Cara de cielo y brazos de bronce. Sabe trabajar y sabe reír. Nadie aprovecha la vida como el cristiano serio, tan formal en todo como feliz en cada uno de sus pasos....


Autor: Pedro García, misionero claretiano.